Cuando se acerca la hora de su muerte, el hombre se hace más afable. Fiel a esta ley cósmica, me dirijo a ustedes, jóvenes de malas maneras, para agradecerles el mal gusto y las mañas reprochables que han llenado de alagría estos últimos meses en los que hemos entablado una atípica amistad, gracias a las letras y a los despropósitos, a las decepciones y a los fracasos. Les agradezco, jóvenes sin oportunidad, que hayan contado conmigo para covencerse de su miseria, y no buscar en mí un ejemplo ni una fuente de valiosísima experiencia.
Sus letras han sido para mí el callejón donde he podido dormir en paz, con el brandy en mi bolsillo y las pulgas en mi entrepierna. Saludo especialmente a Sterling, quien a pesar de renegar inútilmente de su papel de consejero espiritual, ha sido un gurú del consuelo y la resignación. Los viejos debemos aprender de los jóvenes, y no escuchar a nuestros contemporáneos, primero, porque les apesta la boca, y segundo porque están consagrados a la derrota. Agradezco igualmente a Tejada por su paciencia; colaborarles no ha sido fácil para mí. Encontrarlos tan llenos de vida, y al mismo tiempo tan resueltos a arruinar su destino, me intimida, me descompone y agudiza los defectos que me condenaron vivir solo durante estos últimos años. La irresponsabilidad y la mala memoria dilataron los vasos capilares de la sien del joven Tejada. No lo lamento, pero sí comprendo sus cartas deseperadas rogando por mi compromiso. Me complace que hoy pueda llamarme colaborador de este proyecto sin proyecto.
Así quería terminar mi vida, no me queda duda.
Sí muero antes de que llegue esta carta, les agradeceré un reconocimiento mordaz y cargado de malas intenciones, de celebraciones, porque un viejo flatulento y alcohólico habrá partido para siempre.
Ignacio Ferro
Ignacio Ferro, por él mismo.

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